La poetisa natural tiene nombre y apellidos, pero no son necesarios, porque su personalidad queda plenamente definida como "poetisa natural". Nos sentábamos en la misma mesa, durante la comida de hermandad del decimoquinto aniversario de la Asociación pro Beatificación de Anton Gaudí.
La poetisa natural es de Reus y tiene un parentesco con el maestro. Como Anton Gaudí, es hija del pueblo, arraigada en la comarca del Baix Camp, intuitiva y mediterránea.
La poetisa natural, tirando a llena, con la elegancia de los rasgos de la mujer catalana, estaba comedida en nuestra mesa, hasta la hora de los postres y de los parlamentos. Se levantó y nos declamó dos poemas dedicados a Gaudí. Como el homenajeado, la poetisa natural es neoplatónica: una mujer del pueblo, corriente, normal, que de repente es poseída por la divinidad, la cual en estos momentos de trance habla por su boca "el resplandor de la verdad".
Un chorro de emoción auténtica, de sentimiento, de gozo. Como la arquitectura natural del arquitecto-poeta. Un don que la poetisa natural conoció en sí misma hace muchos años, de jovencita. Ella, que sólo había podido estudiar dos años en la escuela y que si escribe los poemas sus hijas, que sí han estudiado, le tienen que corregir las faltas de ortografía.
Gaudí o la poetisa natural no son fruto de ninguna academia. No son otra cosa que el pueblo catalán expresando su genio. Se me acercó y me recitó el verso de Montserrat. Los peñascos de la santa montaña eran lágrimas del pueblo vencido, humillado, perseguido, condenado a desaparecer por sus verdugos, que pone en la Virgen Morenita su última esperanza. ¿No es eso lo que Gaudí dice en el portal de la Esperanza de la fachada del Nacimiento?
Cuando ya tenía la piel de gallina, me regaló su primer poema, que habla, como no, de la primavera. Si los gusanos se transforman en mariposas y pueden volar e ir de flor en flor, ¿a que viene tanto orgullo? Eso mismo lo podría haber dicho Verdaguer: "sum vermis".
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