Hace treinta y cinco años que acabamos la escuela y la vida -el capitalismo moderno- nos ha dispersado entre personas, intereses y manías diferentes.
La única cosa que tenemos en común es un pasado, si es que el pasado existe. Porque tal vez el pasado sólo ya ha existido; y le sucede algo parecido al futuro, que todavía no existe. Existir, estrictamente, sólo existe el presente.
Y vivimos juntos un momento de presente: el repentino funeral del maestro, en su iglesia de los Sagrados Corazones, en la parte alta del Putxet. Santiago era el rector, después de dejar la escuela. Santiago era sólo uno poco mayor que nosotros, y por eso, además de maestro, era compañero, amigo y hermano, que es una manera maravillosa de ser maestro.
El buen maestro lo tiene que hacer todo sin compensación, sin buscar ni siquiera el agradecimiento. Y Santiago era así: una donación gratuita a los discípulos, un acto de amor, la fuente de amor que brota al corazón divino que se dispersa como una corriente que quiere llegar a los corazones de todos los hombres. Santiago, siempre, pero más durante la enfermedad que lo deterioraba, se sentía muy querido por Jesús. ¡Como me ama!, decía transformándosele el rostro en una sonrisa de eternidad.
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