Él, que amaba tanto la Belleza, ha querido, ¡oh mujer!, morir en tus brazos.
Él, que coleccionaba pintura y escultura de tan buen gusto, ha querido que su última mirada a este mundo fuera para ti.
Él, que cuando fue operado de cataratas saltó de gozo porque podía ver de nuevo como el niño los colores de las flores, ha querido que tu rostro de hermana fuera la última imagen que sus ojos terrenales vieran antes de hacerse opacos definitivamente.
Él, que disfrutaba tanto con las mutaciones del paisaje de la Cerdanya en el transcurso del año, ha querido contemplar en tu faz de compañera y de amiga el resumen de todas las bellezas dispersas de este mundo.
Él, tan exquisito en la elección de los vinos, ha querido que tu cara de amante fuera la más alta de todas las bellezas relativas.
Él, que disfrutaba tanto en el Liceu con las buenas óperas, ha querido que tu cara de esposa fuera la cumbre de las bellezas que se acaban.
Él, al morir en tus brazos, ha querido que tu bellísimo rostro -espejo resplandeciente de tu alma de hermana, de compañera y de amiga, de amante y de esposa, de tu alma de donadora de vida, de tu alma de Eva- fuera el escalón donde subirse para alcanzar la Belleza unificada, para saltar a la Belleza absoluta, para disfrutar eternamente la Belleza perdurable.
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