El pedestal de la escultura es de mármol del Montseny, la montaña sagrada central de Catalunya, entre los Pirineos y el Ebro y desde Poniente hasta el Mediterráneo; llena de brujas y de poetas, de setas y de santos, de lobos y de fuentes medicinales, de herederos de casas solariegas y de bandoleros, de hadas y de comunidores. El espléndido corte de sus estratos horizontales, matizados de grises y rosáceos, rinde tributo al Oriente cristiano al recordar la decoración fastuosa de las basílicas bizantinas; y visualiza plásticamente la tierra, tal como Dios o la naturaleza la han ido haciendo a lo largo de los milenios y nos la han dado para que la habitemos y la compartamos. Este mármol del Montseny es nuestra tierra.
Encima del mismo, se encuentran bien afirmados los pies de la imagen. El escultor ha querido recortar un poco la sotana para que percibamos la comunión de la figura con la tierra: como las plantas de sus pies reciben su energía y a la vez pisan nuestra tierra abriendo un camino.
Al lado sale una rosa. La rosa es Catalunya, la nación quizá con más espíritu caballeresco de la Edad Media europea, una reliquia viviente del cual perdura en el obsequio de una rosa de amor en la festividad del caballero san Jorge. Catalunya es amor, amor caballeresco por la dama amada. Josemaría Escrivá de Balaguer, natural de Barbastro -donde en 1137 se firmó el pacto matrimonial entre Peronella y Ramon Berenguer IV, fundacional de la Corona catalano-aragonesa-, apreciaba que su estirpe fuera, de padre en arriba, de caballeros catalanes. No se auto-odiaba por la catalanidad de su genealogía, sino que él mismo reivindicó el gentilicio de la capital de la comarca de la Noguera, donde estaba arraigado el árbol familiar.
Josemaría Escrivá había escrito el nombre de su Dama en su propio nombre y, tras la noche que todo caballero tiene que velar en una iglesia antes de ser armado, en la alborada se intercambiaron una rosa de amor; fue ella, sin embargo, la que se la ofreció, y él la grabó en su blasón. Era en tiempo de guerra, en una parroquia rural de la Noguera.
La sotana y la casulla tienen una caída suave, sin cantos, sin la agitación del viento o la contorsión del gesto barroco. Tampoco caen a plomo, con el reposo de la muerte, sino que visten a un ser vivo. Etsuro Sotoo sabe resolver el problema de la representación de la vida, que tanto preocupaba el maestro Gaudí cuando dirigía el trabajo de los escultores del taller de la Sagrada Familia.
Y el artista no ha querido representar a un antepasado que se recuerda con afecto, o a un muerto a quien rendimos un homenaje de piedra, sino a un hombre vivo. Vivo con vida humana; no sólo en el cielo, sino que quiere estar entre nosotros, haciendo camino en nuestra tierra. La voluntad de presencia del santo viene impuesta también por el tamaño de la estatua, un poco mayor que el natural.
Por esta razón, desde aquí bajo no podemos ver la coronilla, la conexión con el cielo. El meridiano principal de la estatua baja de allí a las huellas en el Montseny. Cuando nuestra mirada sube, encuentra que los pliegues de la casulla crecen en intensidad hasta llegar al máximo en torno al corazón. La víscera cardiaca que representa el núcleo duro de la persona está inflamada de energía, es una fragua de actividad, es una fuente de vida. El calor, la vida, rezuman por la vestimenta sacerdotal, como si el corazón, completamente encendido, se dilatara para comunicar su “qi” a los demás hombres que hacen camino sobre la tierra.
La actividad exterior de la persona, sin embargo, se realiza por las manos. Con las manos nos dirigimos a los demás, los tocamos y acariciamos; a través de los brazos, las manos y los dedos, el "qi", la energía del universo somatizada, sale de la persona hacia los demás.
Pues bien, la mano izquierda reposa sobre el corazón, captando la vida como una fuerza sobrehumana, transformadora de la naturaleza.
La mano derecha se dirige a todos los hombres y a todo el universo bendiciendo. Es una mano muy grande, que ha sido agrandada a base de bendecir. Es una mano que ha bendecido mucho y que continúa bendiciendo; por eso ha crecido. Es la parte del cuerpo que está más cerca de nosotros. No es una mano en guardia, defendiendo el corazón de una posible agresión por parte nuestra, ni una mano que ataca, con el perfil del puño, o que está recogida en disposición de acometer, lanzando violentamente el qi sobre nosotros. No; es una mano relajada, que ofrece pletórica y gratuita un qi de paz y alegría. Ésta es la acción, magnificada y exclusiva, de la estatua: el acto de bendecir a todo el mundo, de otorgar bienes espirituales y materiales.
Más arriba, sobre el cuello revestido litúrgicamente, la cabeza se inclina hacia nosotros. Un rostro bondadoso por la expresividad de los labios; pleno de deseos de comunicación en la mirada; inteligente en las arrugas de la frente, la cual se alarga hacia el cielo rebosante de conocimiento teológico y de amor a Dios y a los santos.
Etsuro Sotoo ha intentado reproducir en tres dimensiones, con su propio lenguaje escultórico, los rasgos característicos de aquel retrato excelente, tal vez el de más profundidad psicológica, que hizo Català Roca a Josemaría Escrivá. Ha tenido que entrar en la reproducción de la fisonomía, pero sin que esta concesión al público hicieranaufragar entre los detalles físicos, la belleza mortal, el retrato espiritual y psicológico, la belleza inmortal: un sufrimiento sin patetismo, un carácter fuertísimo pero que no se quiere imponer y un gran deseo de comunicación verbal, muy envuelto en una expresión de bondad.
Por otra parte, el tratamiento superficial austero, la ausencia de color, da toda la prioridad a la forma en sí misma y a los juegos entre piedra y luz. El escultor ha huido de las ornamentaciones cargantes en las vestiduras litúrgicas, de los colorines y dibujos que embellecen a tantos santos de nuestras iglesias, para no distraernos del hecho escultórico mismo: visualizar materialmente una realidad espiritual.
San Josemaría Escrivá no es un muerto o alguien que reposa, sino que existe en plena comunión con Dios, la Sustancia que vive esencialmente por sí misma, donde todo es vida y todo es actividad. Decía Goethe que la belleza se encuentra donde hay vida. En este sentido, Dios es la belleza suma, que comunica a todos los seres por él creados.
Desde esta perspectiva metafísica, el talento creador del artista consiste en hacer visible a los hombres comunes, a través de la materia y asociado a ella, el resplandor de la luz divina: la vida y la belleza comunicadas. Decía el viejo santo Tomás que la fruición artística reside principalmente en sentir al espíritu viviendo en la materia. En palabras de Ramon Llull, la materia es la ventana del amor, a través de la cual contemplamos los altos y placenteros secretos. El artista hace el Infinito transparente a nuestros sentidos finitos; y en eso consiste la emoción estética.
La emoción estética, por otra parte, puede ir unida al sentimiento religioso, sin que por eso disminuya la valía de la obra artística.
San Josemaría Escrivá se deleita en la contemplación de las divinas esencias; y nosotros disfrutamos de su vida y actividad, manifestada en el acto propio de la imagen: el gesto de bendecirnos.
El qi fluye del cielo a la tierra y de la tierra al cielo por el meridiano central de la estatua, en cuyo corazón arde la mano izquierda y se proyecta por la derecha hacia nosotros en forma expresa y exclusiva de bendición, de darnos los bienes espirituales y materiales.
La santidad, según el Etsuro Sotoo, no ha matado o fosilizado a Josemaría Escrivá, sino que le ha dado la vida verdadera y plena; no ha finalizado su camino, sino que lo ha hecho completamente activo; no lo ha transformado en otra cosa, no lo deshumaniza, sino que lo lleva a alcanzar la perfección como hombre; no lo uniformiza o lo desvanece, sino que acentúa su personalidad y su carácter individual. Y no lo aparta de los demás hombres, sino que lo acerca a todos de una manera más decisiva que antes, quitando las barreras de lengua, nación, raza, cultura o religión.
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