El incomprensiblemente poco visitado Museo de Bellas Artes de Budapest ofrece, como todos los herederos de las colecciones familiares de los Habsburgo, una cuidada selección de la mejor pintura española del siglo XVII.
Son pocas obras, y por eso mismo las encontramos colgadas en una misma sala: un Velázquez, un Murillo, un Zurbarán y un Ribera. Con la sala del lado, donde están Tiziano, Rembrandt y Rubens, constituyen la cima de la pintura de lo que hemos denominado "Occidente".
Los cánones con que los griegos concretaron la Belleza, definida por Platón como "el resplandor de la verdad", han sido explorados durante veintidós siglos hasta decir, especialmente en el caso de Velázquez: ya no se puede pintar mejor.
La perfección, sin embargo, es la antesala de la decadencia. Sólo podemos intentar fijar todo mediante las academias, o evolucionar hacia otra cosa. Pero las academias pueden fijar todo menos el espíritu, que es alérgico a la falta de libertad. La segunda opción, evolucionar, es la que tomó Goya, a quien encontramos en la sala siguiente.
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