He vivido la ilusión de subir a la torre del castillo, como un niño, para abarcar toda la bahía de Trieste. Supongo que Rilke también subió, alguna mañana soleada del invierno de 1912, cuando se produjo el milagro de que volviera a escribir: el milagro de la resurrección del poeta.
Todo en poquísimos días, como una tormenta de febrero.
Duino es un castillo de resurrección. Y el poeta, al resucitar, naturalmente escribió una elegía, "élegos", un lamento por la caducidad de la vida humana.
Porque es en la muerte que existe la resurrección, como ya lo escribieron los Vedas.
He venido en el autobús. Me gustan, los autobuses suburbiales de Istria, donde una chica de licra, colgada de la barra, se deja besar por un amigo tatuado, diciéndole "¡basta!" mientras lo niega con los ojos. Es también una especie de resurrección, como el aroma de los brotes de laurel.
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